Cumbres Borrascosas de Emily Brontë: de la obsesión a la locura sobrenatural.
- 14 jul 2024
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Actualizado: 21 jul 2024
Publicada por primera vez en 1847, Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights) de Emily Brontë, es una impresionante novela inglesa que al momento de leer se vuelve indispensable no incurrir en la idea de que estamos frente a una obra que expresa exacerbadamente su ligadura con el romanticismo, pues, no teme en complejizar su elemento más reconocible y latente, el amor. Por lo cual, esta propuesta literaria visualiza un tipo de amor que se encuentra arraigado a una sensibilidad nerviosa que compromete la psiquis de sus personajes; causa de sus obsesiones y pasiones que irremediablemente encontrarán su consumación con el fatalismo.
Para contextualizar esta reseña, es importante mencionar que el conflicto de este relato es la consecuencia del tumultuoso y apasionado amor entre Heathcliff, un niño huérfano adoptado por el señor Earnshaw, y Catherine Earnshaw; dos personajes cuyas vidas estarán marcadas por la recíproca obsesión que afectará, de manera negativa, al resto de los personajes. Desde una conexión trágica, intensa y sobrenatural, los personajes sentirán una atracción ingenua a ellos que lamentablemente luego se les será imposible rehusar, pues, al encontrarse con uno, se encuentran inevitablemente conectados con el otro. No hay forma de reconocerlos por separados, en voz de la misma Catherine Earnshaw: “¡Nelly, yo soy Heathcliff! Está siempre, siempre, en mi alma; no como un gozo, puesto que no soy en todo momento un gozo para mí misma, sino como mi propio ser” (67). Por lo que el único desenlace que queda para librarse de ellos, es lo funesto.
Es así que la novela no se detendrá nunca a brindarles a los personajes una instancia de tranquilidad, pues, cuando ambos pierdan la vida, se desata en Cumbres Borrascosas un estado de locura sobrenatural; un estado que, lo que fue en un inicio solo las alucinaciones Heathcliff, se materializa por completo en este infausto paisaje. Es por esta razón que depués de ellos, ronda lo paranormal en Cumbres Borrascosas, y no es de extrañar que se vocifere por la zona la aparición de Heathcliff y Catherine como entes que en ocasiones se dejan ver y que los habitantes evitan como pérfidos fantasmas destinados a habitar eternamente Cumbres Borrascosas.
Entre obsesión y locura, Heathcliff ya posee una conexión con la muerte. Esto bajo un espíritu individualista, su comportamiento moralmente ambiguo lo llevará a la cumbre de la obsesión cuando llega a desenterrar el cuerpo de su amada:
Te voy a decir lo que hice ayer. Mandé al sepulturero que estaba cavando la fosa de Linton, que sacase la tierra que cubría el ataúd de Catherine, y lo abrí. Cuando volví a ver su cara creí por un momento que iba a quedarme allí para siempre. ¡Todavía es su cara! Al sepulturero le costó trabajo que yo me moviera, pero me dijo que el aire la alteraría. Entonces separé uno de los lados del ataúd, que junté de nuevo; no el paredaño a Linton, ¡Maldita sea!, pues ojalá su féretro tuviese soldaduras de plomo. Luego soborné al sepulturero para que quite ese lado el día que me entierren a mí y haga la misma operación con mi ataúd, que yo ordenaré que dispongan a los efectos. Y así, cuando Linton venga a vernos, no sabrá quién es cada uno. (227).
Asimismo, esta misma pasión y carácter se verá reflejada en el agreste paisaje, lugar que aprisionará a todos sus personajes como una efigie visceral y desgarradora.
Sin embargo, bajo una lupa introspectiva, pareciera ser que el único personaje que escapa de esta confluencia familiar es Lockwood, personaje que, figuradamente, se le impide formar parte de ella, aun cuando, en el fondo, posee un cierto vínculo implícito con Heathcliff. Así se deja ver al comienzo de la novela: “Yo no creo que en toda Inglaterra hubiese podido encontrar un lugar más apartado del mundanal bullicio. Es el verdadero paraíso para un misántropo; y el señor Heathcliff y yo parecemos la pareja más adecuada para compartir este desierto” (5). No obstante, su proyección se verá asediada -y lo mismo pasará con nosotros, los lectores- por un obstáculo que nos dice que ya todo el conflicto pareciera estar ya en su cúspide resolutiva. No puede intervenir en ella Lockwood, su presencia efímera como inquilino ni siquiera le permitirá apreciar con sus propios ojos los sucesos más importantes de la historia, sino que tendrá que conocerla bajo el prisma de Nelly Dean, la ama de llaves. Acentuando así más su distancia con los demás personajes, ya que, al igual que sucede con el lector, su presencia en la historia es pasajera.
Es más, si se me permite profundizar en este particular tema, Lockwood es, ocultamente, otra proyección de Heatchcliff, pero que no llega a la misma resolución que este, sino que fracasa en su gesta. Ambos llegan como forasteros y deciden después abandonar Cumbres Borrascosas para regresar, pero con la distinción de que ambos tendrán una intención recíprocamente inversa: Lockwood regresa con el deseo de unirse en matrimonio, y el otro ya con un matrimonio consumado; uno despertado por el deseo de amor, y el otro por el deseo de venganza. Un reconocimiento ambivalente que el propio Lockwood visualizará:
Es posible que haya quienes le juzguen orgullo y mal educado, pero tengo la intuición de que nada de eso es cierto con respecto a él. Sé, por instinto, que su reserva proviene de que detesta las exteriorizaciones emocionales… y las manifestaciones usuales de mutua amabilidad. Amará u odiará sin que nada se trasluzca, y considerará como una impertinencia el amor, o el odio, que por su parte reciba. Pero, no; se me antoja que voy muy de prisa concediéndole gratuitamente rasgos de mi propio carácter. El señor Heathcliff puede abrigar razones absolutamente diferentes de las mías al esconder la mano cuando se encuentra con alguno que no espera para tenderle la suya. Acaso sea el mío un temperamento completamente peculiar. Mi pobre madre solía decir que yo nunca sería capaz de crearme un hogar agradable y con ciertas comodidades, y el mismo verano pasado di sobradas pruebas de ser perfectamente indigno de poseerlo. (7).
Ahora bien, frente a lo mencionado, quiero salvaguardar la idea de que el romanticismo como tal no se encarga de relatar y expresar únicamente el amor y el conflicto que este pueda ocasionar en los personajes, pero, por otro lado, es imperativo no comprenderlo como un movimiento que prioriza la exteriorización de las sensibilidades, pasiones y emociones que pululan en espíritus como elementos creadores de vínculos y realidades. Y es por esto por lo que el amor toma un lugar primordial. Sabemos, como lectores, que lo que se encuentra constantemente latente es el amor, pero en cada espíritu de esta novela se oculta una obsesión inquebrantable.
Esta exteriorización estará inevitablemente arraigada a espíritus que poseen un fuerte sentido de lo individual que interactúan bajo una fuerza dinámica en íntima conexión con lo subjetivo; lo racional no es una cuestión descartable para comprender este mundo, solo que carece de poder para explicar la realidad total de esta. A pesar de las pasiones que los dominan, la obsesión se presenta como un vehemente ejercicio lógico y racional que no tiene otra forma de expresar su maquinación mental que por medio de lo fatalista. Es por esta razón que en la cima de esto aparecerá el desengaño, la desesperación y la angustia metafísica, donde la vida se convertirá en un problema insoluble, debido a la incapacidad de depositar el amor sin el ocultamiento caprichoso de sus ánimas.
En estos momentos, nada pareciera darnos la seguridad que exista alguna instancia de escape, e incluso, el personaje que se encargará de narrarnos la historia, Nelly, un espíritu del pueblo (Volkgeist) que, supuestamente, acarrearía en sí el reflejo de las tradiciones nacionales que resguardarían el valor de una presunta seguridad moral en los personajes que la rodean, falla en sus pronósticos. De ahí que, como mal menciona: “Aquí, señor Lockwood, no solemos compenetrarnos con los forasteros, a menos que los forasteros se compenetren primero con nosotros”; una dictaminación errada, pues, quien domina y da los parámetros de ese “espíritu del pueblo”, no es nada más ni nada menos que Heathcliff, un forastero.
Diego Ávila
Edición RBA Editores, S. A., Barcelona, 1991.




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