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La marginalidad social en Montacerdos como consecuencia de la implementación de la modernidad desigual.

  • 27 jul 2024
  • 9 min de lectura

La obra de Jara se enmarca en la segunda mitad del siglo XX, en que se llevan a cabo fuertes cambios sociales tanto en Perú como en Latinoamérica a propósito de la entrada de las nuevas formas de producción que propicia el capitalismo. A partir de esto último es que la sociedad del cono sur se integra al mundo global, permitiendo el desarrollo de las ciudades y los sectores urbanos hacia una modernización acelerada. Sin embargo, estos cambios radicales, de acuerdo a Romero, generaron grandes movimientos demográficos -como es natural en estas circunstancias- desde el campo a la ciudad, que propiciaron problemas complejos de hacinamiento y falta de salubridad, como también la precarización de la calidad de vida de la población que emigraba al centro. Esto debido a los problemas propios de una infraestructura urbana colapsada y deficiente. Es en este contexto que se comienzan a generar en la periferia de los centros urbanos poblaciones periféricas llamadas en Lima “barriadas”.


El relato de Jara se centra en la descripción de estos sectores de la población limeña, en los que se evidencia las formas en que los pobladores se vinculan entre sí, como también la forma que tienen de vincularse con su geografía. De tal forma que el relato del Montacerdos da cuenta de las formas en que, desde la marginalidad de las poblaciones periféricas (barriadas), los pobladores se vinculan con su contexto -consecuencia de una modernidad desigual- y con sus comunidades, atravesadas por la precariedad y el abandono estatal. Para evidenciar esta afirmación es que se analizará en un primer momento las formas en que se articulan los vínculos sociales en los lugares públicos (El clú de madres y la iglesia), también se observará el uso estético, tanto de la poética rulfiana y también de lo real maravilloso en la obra, como un punto en que se encasilla y categoriza lo marginal. Por último, se evidenciará el vínculo patriarcal entre lo masculino y lo femenino como otra forma de categorizar y marginar a los agentes femeninos de la nueva sociedad que se está generando. Todo esto en pos de comprender el relato como una imagen de los sectores subalternos de la periferia limeña de la segunda mitad del siglo XX.


Como bien se señaló, el espacio público de la barriada permite evidenciar las relaciones sociales con la marginalidad: en primer lugar está el centro del clú de madres, lugar que se describe de forma acotada, y que sin embargo se comprende como un lugar público, donde se entregaba la ínfima ayuda estatal con la entrega de alimentos básicos. En este lugar es donde las madres de la barriada se reúnen a buscar comida, y donde también se hace vida social entre las mujeres. Es ahí donde llega Griselda, quien con dos hijos, arma su choza con desperdicios del camino. Sucede que se corre la voz de los nuevos vecinos, quienes resultan ser un problema para la emergente comunidad por su extrema precariedad y, para solucionar el problema, en el clú de madres las mujeres discuten la posibilidad de que Griselda y sus hijos puedan vivir en el recinto, pues este está hecho de material sólido y tiene las instalaciones necesarias y básicas para que esta familia se mimetice a la comunidad. No obstante, el relato cuenta que: 


No discutían si mamá sabía barrer o no sabía, ni si sabía lavar pocillos o no: discutían si mamá Griselda era loca o no era loca. Si era loca como aquel Yococo y su cerdo, no podía estar en el local. Finalmente, por mayoría de votos decidieron que mamá Griselda no cuidaría ni viviría en el local de clú de madres (Jara 21).


Es interesante cómo se margina a Griselda -y, por ende, a toda su familia- por ser loca, pues la locura está directamente relacionada a la pobreza; la mamá caza cuyes para alimentarse, viven en una choza donde la precariedad llega al límite de que los ratones los muerden en la noche. Por último, está Yococo, un niño monstruoso, horripilante por su gran cicatriz en la cabeza, de la que emana una infección maloliente. En el relato se comenta que no se le toma en cuenta ninguna virtud que ha demostrado tener esta madre, como lo es ser una muy buena aseadora doméstica, sino que ante esto está primero la discusión de si está o no loca. Esta categorización de loca por parte de la comunidad se articula como un juicio moral que les permite marginar a Griselda y su familia; locura que como ya se dijo, tiene que ver más con la condición de extrema pobreza que con una enfermedad o condición mental. 


En un segundo momento, está la marginalización del segundo lugar público de la comunidad, la iglesia:


Rezábamos por Yococo. Mamá Griselda y Yococo también hicieron fila y cuando les tocó turno el cura: mejillas rosas, cara de ángel, los miró atontado, no supo qué hacer, y luego hizo como si fueran invisibles. No los vio. O veía a través de mamá y Yococo, indiferente, santo. Y jamás les dio la hostia. Mamá avergonzada se llegó a mi lado y se puso una hoja de periódico en la cabeza (Jara 24).


En esta circunstancia, la marginalización es más bien espiritual. Si el lector es atento, puede evidenciar que la primera forma de marginación fue la física: no se les permitió vivir dignamente; le han destruido la choza, y no les han permitido refugiarse en el clú de madres. Ahora se le ha negado la religión por los mismos motivos. El relato ha avanzado, y a la locura de Griselda se le ha sumado la fama de prostituta; los hombres que han requerido de sus servicios la difaman públicamente, de forma que producto del aspecto corporal paupérrimo de Griselda, la infección de Yococo, su fama de loca y prostituta, se le ha negado el derecho de la religión, pues el cura -que se presenta como el contraste o claroscuro barroco de la pulcritud y la belleza- no les ha dado la comunión. Es interesante este gesto, pues de acuerdo a la ética cristiana, el rito de la comunión nace a partir del símbolo del sacrificio del Hijo de Dios para salvar a la humanidad, de tal forma que todo humano que quiera ser salvo, debe comer el cuerpo de Cristo. El negar el cuerpo de Cristo es negar no solo la salvación del alma, sino negar el alma misma, y por ende, negar el carácter humano de la persona, en este caso de Yococo y Griselda. De tal forma que Griselda y su familia se ven marginadas desde lo corporal hasta lo espiritual.


Continuando el esquema planteado, tenemos el factor comparativo con la estética rulfiana como también de lo real maravilloso concentrado en el personaje central de la narración, Yococo. Resulta interesante la relación que se puede generar entre este relato y los relatos de “Es que somos muy pobres” y “Macario” de El llano en llamas de Juan Rulfo, pues el centro de todo el carácter marginal y subhumano de la obra se concentra en este personaje, que toma dos elementos de estos relatos, la niñez y la monstruosidad, respectivamente. Al igual que en el relato “es que somos muy pobres”, en que la voz monológica de un niño nos cuenta la catástrofe natural de una zona rural y concluye divisando el destino degradante que se ha deparado para los niños, semejante a este relato, la voz monológica de Montacerdos es la de una niña que cuenta las miserias que ha sufrido, y la miseria que le depara. Mientras que en “Macario” la voz monológica cuenta el diario vivir de un ser humanoide que, para no alterar el funcionamiento del pueblo, lo marginan a su cuarto. Este ser tiene muchas similitudes con Yococo en tanto su carácter es demoniaco y espantoso, al punto que no le permiten la entrada en la iglesia (igual que Yococo y su familia). Por otro lado, ambos, por el mismo motivo están condenados al infierno: a Macario en la vida venidera, mientras que Yococo vive el infierno en simultaneidad con la vida humana. En este punto también se puede relacionar este aspecto real maravilloso de Yococo con Pedro Páramo, de Rulfo, pues al igual que en el pueblo de esta novela, donde cohabitan la dimensión humana con la fantasmal, en el Montacerdos se cruzan dos dimensiones que tienen como punto de fuga a Yococo, pues a él se le entiende como un alma en pena, o como un muerto vivo: “Lo creerían un muerto, un muerto vivo. Un muerto vivo pudriéndose. Un inmortal. Y que se burlaba de los seres vivos. Y Yococo parecía saber lo que los hombrecitos pensaban de él” (Jara 9). El factor clave de esta concepción se encuentra en dos elementos de la vida de este personaje: por un lado, está el aspecto monstruoso y grotesco del cuerpo de Yococo, pues por un accidente se encuentra con una herida infecciosa en su cabeza, la que crece con el tiempo y de la cual pulula un pus maloliente; aspecto que le brinda la extrañeza necesaria para no ser considerado humano.


El segundo punto, y el más decidor, se trata de la explicación que su madre Griselda da de la condición de su hijo: afirma que es producto de una maldición que le echó su padre antes de partir. Tomando en cuenta estos elementos, se puede comprender que el motivo del carácter de Yococo como un ser que vive en dos dimensiones simultáneamente (lo real y lo maravilloso, la vida y la muerte, lo bueno y lo malo… etc.) da paso a la marginación por parte de la población, pues al conocerse este aspecto, como ya se vio, no se le permite comulgar, como tampoco se le permite vivir en condiciones dignas. Yococo representa el miedo de la comunidad a la dimensión extraña y sin embargo cotidiana, esto es la miseria humana.


Siguiendo con la configuración de personajes dentro de la obra como reflejo de la desigualdad social, existe un contraste entre los personajes masculinos de Montacerdos. Por un lado está Yococo, niño marginado y azotado por la pobreza, víctima de la modernidad desigual y por otro lado están Pablo y don Eustaquio, quienes poseen una mejor situación socioeconómica que los protagonistas y se aprovechan de ello. Ambos se presentan como cobardes y abusivos, pues su condición masculina lo permite. Ahora bien, este nuevo tipo de violencia dentro de la obra abre otra arista de la marginalidad que se viene tratando, esto es, la marginalidad de género, pues la violencia ejercida por estos agentes patriarcales en primer lugar se debe a los privilegios de la masculinidad institucionalizada, y por otro lado marca esta nueva línea de la marginalidad, en que se cumple el binomio del opresor y el oprimido, binomio propio de las sociedades modernas. Estas nuevas aristas hacen aun más inhóspito el panorama para esta familia de muertos vivos que intenta sobrevivir en medio de la adversidad. 


Respecto de esta arista tenemos que la violencia se genera en dos planos etarios, ambos con una fuerte carga sexual: Comenzando por Maruja, hija de Griselda y hermana de Yococo, quien es violentada por Pablo,


Pablo sin que viera Yococo, me levantó en peso y me metió dentro de la casa. Como le digas a tu mamá, te mato. Te bajo el calzón y te meto un cuchillo; luego, todo el palo de escoba en el poto; luego, te clavo seis ajices ahí adelante, con pepa y todo, como al Celedunio (Jara 28).


Se observa en este fragmento esta forma de marginación a partir de la violencia sexual. Es inevitable comparar esta imagen con los episodios emblemáticos de Los 120 días en Sodoma de Sade, pues se cumple la misma dinámica de sometimiento utilizando el factor sexual como forma de denigrar la humanidad desde sus corporalidades. En este caso se amenaza a la niña con violentarla sexualmente al punto de denigrarla hasta la posición del cerdo de Yococo en tanto se le practicarán las mismas torturas.


El segundo plano etario trata de la violencia sexual que sufre Griselda por parte de don Eustaquio,


Un día creí que a mamá la estaban queriendo matar(...) y don Eustaquio tumbó a mamá en la cama, la hizo crujir los güesos. Echados volvieron a pelear de nuevo, arañándose, mordiéndose, trenzándose como arañas. Cuando vi como enfurecido le abría él las piernas a mamá y le bajaba un trapo (Jara 29)


El fragmento resulta idóneo para ejemplificar la violencia sexual con tintes del sadismo propio de Los 120 días en Sodoma en tanto a los ojos de la voz narrativa (Maruja), el acto sexual se asocia más a un acto homicida que erótico. Esto producto de que lo que se está observando es, en efecto, una violación, un forcejeo en que se deshumaniza a la mujer en tanto la soberanía de su cuerpo no le pertenece a ella, sino al hombre que la viola. La violencia sexual vista como una forma de asesinato se concreta en la muerte de Griselda producto de un aborto clandestino que se autorealiza debido a las reiteradas violaciones de don Eustaquio.


La falta de humanidad y nulo respeto por los desfavorecidos en la obra deja en evidencia el olvido y la bestialidad con que el entorno azota a una familia, víctima de la pobreza más absoluta, que los lleva incluso a alimentarse de ratas. Montacerdos denuncia la negligencia de una sociedad modernizada desigualmente, que mira con desprecio la locura, la pobreza, la enfermedad del cuerpo y la condición femenina, incapaz de sentir compasión ante la desgracia de estos tres personajes que incluso conmueve al lector, desde la mirada de una niña, espectadora de un porvenir aun peor, pero que desde su dulzura e inocencia es capaz de deformar el relato dando paso a la esperanza con más ingenuidad que dolor. Por último, se evidencia que tales problemáticas sociales son representadas de forma idónea mediante la estética rulfiana y de lo real maravilloso, pinta esta imagen con los colores propios de Latinoamérica y de Lima.



Pedro Raipán




Jara, Cromwell. Montacerdos. Lima: Lluvia Editores, 1981.

Romero, José Luis. Latinoamérica las ciudades y las ideas. México: Siglo XXI, 2010.




 
 
 

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