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Antípoda Jovial: una poética del embaucamiento

  • 4 jul 2024
  • 8 min de lectura

Actualizado: 21 jul 2024

Transcripción de la presentación que realizó Enoc Muñoz del poemario Antípoda Jovial de Diego Ávila en Espacio Trayecto.


04/mayo/2024


Para corresponder al honor que me ha concedido Diego Ávila, al invitarme a participar de este evento de presentación de Antípoda Jovial, quisiera comenzar por elaborar una matriz de exploración de entre las abundantes posibilidades que ofrece este poemario. El esbozo de esta matriz o hipótesis de lectura quiere ser desde ya una manera de enfocar la voz errática y errante, que por momentos se pregunta, ella misma, como si se quedara sola y sin nada, "¿Qué hago con mi voz?". Si es cierto que esta pregunta aparece en situaciones de "caídas en el amor", de "combates al amor cara a cara", de "recuerdos reconstruidos", me adelanto a decir que esta pregunta, más cuando se expresa "en voz baja", recorre todo el libro; es la pregunta de una voz que busca y se busca, de una voz que en ese constante estar en búsqueda trasunta abandono; pero también de una voz que, aunque errática y errante, como ya lo decía, se empeña en hacerse lugar o ponerse en escena; y sobre todo, para que no nos pongamos tan serios, a la manera de un bufón. Como nos lo dice el poema Antesala que leo a continuación:


Quiero entender

algo irresponsable

algo sensible

con el chiste adelante

con el cuidado latente

buenas nuevas Madeimoselle.

Reina y yo bufón

el escenario que es un mundo entero

está listo para comenzar.


Pues bien, para comenzar a esbozar dicha matriz de exploración cito el poema Serios problemas:


Los buenos sentimientos

se irán purgando con el deseo

de lo vulgar y pasajero;

pues, al parecer, todos tenemos

serios problemas con el mundo.


Si es un problema de lenguaje o de razón

nadie quiere hacerse cargo de lo suyo.

Somos en la constante ignorancia, sabios;

es, ante la pregunta de la filosofía,

tocar la guitarra con una raqueta de tenis.


Repito los dos últimos versos finales de la primera estrofa:


pues, al parecer, todos tenemos

serios problemas con el mundo


En un primer acercamiento, estos versos parecen advertinos de una evidencia tan banal, que decirla no presiona hacia ningún punto. Sin embargo, me parece que, en una escucha más atenta a los decires de Antípoda Jovial, tendremos que percatarnos que no hay aquí perogrulladas. Muy por el contrario, quizás debamos reconocer que dichos versos dan expresión a una incongruencia que nuestras comodidades alcanzadas nos han hecho olvidar, a una rivalidad irreconciliable entre nuestras vidas y el mundo; conflicto que creemos que ya no nos pertenece o ya hemos superado.


Movernos en el mundo con seguridad, convertir su extrañeza en familiaridad cobijadora, en estancia confiable, explotable y placentera ha sido una tarea tan actual como arcaica de los seres humanos. Pero nos las arreglamos para desconocer la vitalidad de esta tarea y su no cumplimiento. Como si las respuestas dadas a estos "serios problemas con el mundo" obturaran la pregunta que nos inquietaba; como si las respuestas dadas, nuestros aprendizajes y artificios, lo que solemos llamar "cultura", nos hicieran ver como una poderosidad siempre en marcha antes que una vulnerabilidad que anda a tanteos. En esta dirección, se podría leer la segunda estrofa del poema como señalamiento de algunos de los síntomas de esta ilusión encubridora:


Si es un problema de lenguaje o de razón

nadie quiere hacerse cargo de lo suyo.

Somos en la constante ignorancia, sabios;

es, ante la pregunta de la filosofía,

tocar la guitarrra con una raqueta de tenis.


Sí, tal vez vamos hacia adelante, pero arrastrando un saco muy pesado. Y esto no queremos verlo. Nos negamos a ver esa divergencia entre nuestras vidas y el mundo.


No hemos dejado de proyectar respuestas en las que queremos creer y con las que nos convencemos de que nos hemos eximido de la tarea asignada por esos "serios problemas". Y creemos que sabemos más que ayer, que nuestras teorías y nuestras ciencias, por ejemplo, han evolucionado tanto, que la promesa de vivir en el mundo como en casa tiene que ver la luz del día. Ahora bien, el poema nos dice que somos sabios, pero que lo somos "en la constante ignorancia". Y esta advertencia es importante, porque nos avisa que también la ignorancia evoluciona. La ignorancia no es aquello que va quedando atrás hasta desaparecer una vez que el saber se ha incrementado. No, los nuevos saberes y artificios van produciendo o dejando ver también nuevas ignorancias. Hoy estamos más informados que todas las generaciones que nos precedieron, pero puede que también estemos más desorientados que ninguna otra. Recordemos, además, que para Platón la ignorancia no se comprende como un vacío en nosotros, como cuando decimos: esta persona tiene un vacío cultural, y entonces nos proponemos llenar ese vacío con determinado conocimientos. No, por el contrario, para Platón es el estar satisfecho, el sentirse satisfecho con lo que se tiene o se sabe, y por ende ya no busca. El ignorante, pues, sin importar si sabe mucho o poco, es el que no busca, el que ha perdido la capacidad de inquietud. Con todo, entonces, hemos de reconocernos en el simulacro, en el embaucamiento, en el ejercicio de un bufón que hace como si rasgueara una guitarra, cuando en verdad lo hace en una raqueta de tenis. Práctica o fingimiento que a veces nos muestra, en las antípodas, su cara dramática. Como en los versos finales de A tu nombre, toda lírica:


Sin el simulacro del amor

a dónde termina todo Dios:

en túpido ángelus sin lira.


Con esto a la hipótesis de lectura que quisiera someter a vuestra reflexión: lo que quisiera postular es que los recorridos de este poeta que se pregunta qué puede hacer con su voz, son los recorridos de alguien que busca conducirse y conducirnos al desengaño, empujarnos para que nos demos de frente con los simulacros y disimulos de nuestras moradas y costumbres. Pero todo esto, lo hace no como aquel que se encuentra en una posición privilegiada que le permitiría simplemente aplicar sus sanciones, sino como aquel que también se encuentra arrojado al juego de los simulacros y disimulos; como aquel que acepta y realiza los fingimientos en los que se ejercita como un gran bufón. Si simular es ostentar, fingir que se tiene lo que no se tiene, y si disimular es encubrir, fingir que no se tiene lo que se tiene, los haceres y recorridos de esta voz, "con el chiste adelante", nos llevan por estos "vaivenes", vaivenes que pueden ser del "corazón". Para decirlo en una fórmula más breve: Antípoda Jovial nos introduce en una poética del embaucamiento. No solo porque toma a éste como tema u objeto sobre el cual poetizar, sino, más radicalmente, porque el poetizar mismo se reconoce aquí como una práctica embaucadora, como exigido a no economizar cuando de engañifas se trata, como un tentandor y esquivador empedernido. Así leemos en la segunda estrofa del poema Para Juan:


Quise figurarme así (de esta manera)

porque me interesa mucho aparentar,

no quiero quedarme atrás

como objeto prestado a la deíctica.


Así también leemos las primeras y últimas estrofas del poema A las puertas de la voz jovial, donde nos son presentados los principales interlocutores textuales de estos recorridos y sus expectativas o pretensiones a defraudar:


Soy un surtido de tres marañas;

un personaje de Dostoievski;

un filósofo alemán sin saber alemán;

soy el bufón de Las Cruces.

[...]

Caballero soy

en jaula de cuartucho

a la montaña voy

imperfecto a serlo todo.


Y quizás conviene aquí señalar a uno de los principales interlocutores recién aludidos. Me refiero al insistente diálogo que Diego mantiene aquí con Nicanor Parra. Leo, entre otros posibles, el poema Prometeo imperfecto:


Parra fue el sátiro

con sombrero de bufón

que bajó del paraíso

del tonto solemne

para exhibir el fuego

como atracción principal

en un burdo circo jovial.


Ciertamente, si uno se detiene en la primera estrofa del poema Manifiesto (1963) de Parra, allí donde éste nos avisa que "Los poetas bajaron del Olimpo", uno puede preguntarse si el embaucamiento no lo ha impregnado ya todo. Y es que, en verdad, los poetas nunca estuvieron en el Olimpo, lo que hicieron fue inventarlo. Y en este sentido, el Manifiesto mismo llevaría a cabo una engañifa sobre una engañifa. Y engañifa que, además, a través de cierta recepción, ha producido otras. Como cuando se interpreta que ese descenso del Olimpo, siendo, por un lado, un distanciamiento crítico del elitismo que a veces ha acaparado a la poesía, sería, por otro, un aterrizaje en un populismo ya conformado y conforme con su conformación. Sin embargo, si prestamos atención al resto del Manifiesto, nos percataremos que es contra los ardides de estos ambaucamientos, contra los acomodos u oportunismos tentadores que allí se habla. Es contra estas amenazas que la poesía, este "artículo de primera necesidad", "de la plaza pública", "de la protesta social", aún busca, sin descanso, hacerse un lugar. Es decir, una poesía o anti-poesía para la cual la pregunta no se ha apaciguado, para la cual su inquietud es su vitalidad misma. Pregunta o inquietud que se agita en el corazón mismo de aquel "que es bufón de espíritu", en el vaivén de una palabra que no logra saber si es oportuna u oportunista; pregunta o inquietud de la que nos parece reconocer en Diego a un heredero, allí mismo donde se exige y nos exige el desengaño y no puede evitar mitificar. Como se puede apreciar en los versos finales de El Cristo del Elqui Reencarnado:


Bienvenido el que es bufón de espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

¡Amén!

¿Alguien quiere cooperar

con una modesta cantidad?


También encontramos este anudamiento entre desengaño y embaucamiento en el poema Edad de Oro:


Llega la nostalgia

y arremete con la continuidad de la vida.

La Edad de Oro dice que todo pasado

pudo haber sido mejor.

Y el deseo del eterno retorno

monta un espectáculo de la obra de la vida

que, con guion en la mano,

llora por la tragedia que aún no ha llegado.


Y me permito citar un último poema, El ser metafísico:


Cuando el ser metafísico

busca su lugar en la tierra

y se encuentra cara a cara

con la concha de la dama

se da cuenta que el paraíso

está más lejos de lo que creía.


Para comenzar a cerrar este recorrido, podemos pregutnarnos si los anudamientos entre desengaño y embaucamiento tensionados en los poemas recién citados, al traer consigo esas referencias a un "reino de los cielos", a una "Edad de Oro", y, sobre todo, a un "paraíso", podemos preguntarnos, decía, si con estas referencias no somos reconducidos una vez más a la problemática de la divergencia de nuestras vidas y el mundo. Aquella lejanía del paraíso no es solo un espaciamiento que se hace sentir, sino también una temporalidad que se hace notar como una tara o incongruencia para ese viviente que se caracteriza, precisamente, por la escasez de tiempo. Este ser vive en un mundo ofrecido a sus posibilidades, incluso a sus deseos ilimitados, pero este ser tiene un tiempo de vida limitado. De esta desproporción e incongruencia, como ha dicho Hans Blumenberg, parecen hablarnos los relatos de la expulsión del paraíso, que nos llevan a imaginarnos que allí no había escasez de tiempo, que "el disfrute de todos los goces se llevaba a cabo con absoluto sosiego", que alguna vez el tiempo del mundo y el tiempo de la vida fueron idénticos o estuvieron en armonía. Sin embargo, basta con la simple percepción de que el mundo no comienza ni acaba con la propia vida, para percatarnos que hemos entrado como episodio entre natalidad y mortalidad en el curso de un mundo que, indiferentemente, estuvo antes y estará después de nosotros. Y a esta fatalidad no nos resignamos, pese a todas las técnicas y artificios que insertamos en la vida para ganar tiempoy sacar del mundo el mayor partido posible, pese a que, empujando hacia un punto antípoda, imaginamos los apocalipsis y promesas escatológicas. Solo parecen existir paraísos perdidos o reinos de los cielos inalcanzables. El desengaño es inevitable, pero esto no nos cura del embaucamiento. Y esto, Diego parece saberlo.


Enoc Muñoz








 
 
 

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